«No hay nada nuevo bajo el sol» dice un conocido proverbio del Eclesiastés. Los gastrónomos estarían de acuerdo, a la vista de la gran cantidad de recetas que se han presentado como nuevas en el último siglo, siendo en realidad versiones que reformulan un clásico ya conocido. Quizá el mejor ejemplo sea la tarta de queso, que los menos despiertos creen que surge con la cheesecake neoyorquina y los más con un pastel inglés del siglo quince.
Contrariamente a las creencias del chef Heston Blumenthal, el origen del pastel de queso se encuentra en la Antigua Grecia, cuatro mil años atrás, cuando los habitantes de Samos preparaban un postre similar con miel, harina de trigo y queso.
Baguette, ciabatta, pita, borodinsky, naan, etcétera: que todas estas palabras signifiquen «pan» impide pensar que alimento ancestral tenga una patria conocida. Se acepta que su historia debió comenzar en Mesopotamia y Egipto, pero su edad podría superar los seis mil años.
¿Son las albóndigas otro de los bocados con más historia? Todo indica que así es. Se mencionan en el primer libro de cocina, las tablillas culinarias de Yale, elaboradas después de un banquete del rey Asurnasirpal II. Es un alimento con tantas versiones que sería difícil enumerarlas: las polpette italianas, las köfte turcas… Con razón, se celebra el Día Mundial de la Albóndiga.
En la gastronomía universal también figura la sopa, difícilmente rastreable para los historiadores, pues se remontaría al Paleolítico. Su longevidad no es mayor que su diversidad de formas y sabores: la cataplana portuguesa, el bisque de marisco, el kimchi coreano, etcétera, sin olvidar iconos patrios como el caldo gallego, la olla de San Antonio o la sopa castellana.
Lógicamente, no todos los platos típicos tienen un origen incierto ni comparten cuna con otras naciones. La italianidad de la lasaña (proveniente del lagum romano) es indiscutible. Tampoco hay debate sobre la españolidad de la tortilla de patatas o la mexicanidad del taco.