Un día en la isla de Ons: naturaleza, tranquilidad y paisajes inolvidables

Pasar un día en la isla de ons pontevedra supone una oportunidad para descubrir uno de los espacios naturales más representativos de las Rías Baixas. Integrada en el Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas de Galicia, la isla combina playas de arena blanca, acantilados, senderos y un valioso patrimonio natural y cultural. Cada año, numerosos visitantes llegan en barco desde distintos puertos gallegos para disfrutar de una jornada rodeados de paisajes únicos y de un ambiente mucho más tranquilo que el de otros destinos turísticos.

La experiencia comienza con el trayecto en barco, que permite contemplar la costa gallega desde una perspectiva diferente. Durante la navegación es frecuente observar aves marinas y disfrutar de las vistas de las rías antes de llegar al puerto de la isla. Una vez en tierra, los visitantes encuentran un entorno bien conservado, donde el ritmo de vida invita a recorrer cada rincón con calma y a disfrutar del contacto directo con la naturaleza.

Uno de los principales atractivos de la isla de Ons son sus rutas de senderismo. Existen varios itinerarios señalizados que permiten descubrir diferentes paisajes, desde zonas boscosas hasta impresionantes acantilados abiertos al océano Atlántico. Entre los puntos más visitados destaca el faro de Ons, situado en una posición privilegiada desde la que se obtienen amplias panorámicas del mar y de la costa gallega. A lo largo de los senderos también pueden observarse numerosas especies de flora y fauna propias de este espacio protegido, convirtiendo el paseo en una experiencia especialmente interesante para los amantes de la naturaleza.

Las playas constituyen otro de los grandes atractivos de la isla. La playa de Melide, conocida por sus aguas transparentes y su arena fina, es uno de los lugares preferidos para relajarse o disfrutar de un baño durante los meses de verano. También destacan otras playas más pequeñas y tranquilas, ideales para quienes buscan un ambiente menos concurrido. Gracias a la calidad de sus aguas y al excelente estado de conservación del entorno, estos espacios ofrecen un escenario perfecto para descansar y desconectar de la rutina.

Durante la visita, muchos viajeros aprovechan la ocasión para degustar la gastronomía local. Los restaurantes de la isla ofrecen platos elaborados con productos frescos del mar, siendo el pulpo preparado al estilo tradicional uno de los más representativos. La cocina de Ons refleja la estrecha relación de sus habitantes con la pesca y con las tradiciones marineras que han formado parte de la historia de la isla durante generaciones.

Además del atractivo paisajístico, la isla conserva un importante patrimonio cultural. Las antiguas viviendas, los hórreos, la pequeña iglesia y otros elementos tradicionales permiten conocer cómo era la vida de las familias que residían de forma permanente en este territorio. La combinación entre naturaleza e historia aporta un valor añadido a la visita y ayuda a comprender la importancia de conservar este entorno protegido.

Al finalizar la jornada, el regreso en barco ofrece una última oportunidad para contemplar la belleza de la isla desde el mar. La sensación de tranquilidad, el contacto con la naturaleza y la variedad de paisajes convierten un día en la isla de Ons en una experiencia muy completa. Se trata de un destino que permite disfrutar de playas, senderos, gastronomía y patrimonio en un entorno cuidadosamente protegido, dejando un recuerdo inolvidable para quienes deciden descubrir uno de los tesoros naturales más destacados de Galicia.

Cómo organizar una escapada inolvidable por mar

El mar siempre amanece primero en los puertos: antes de que el sol suba, ya huelen a café los pantalanes, crujen las amarras y algún turista se pregunta si metió el cargador o solo la ilusión. Es el momento en que la logística se convierte en promesa y, sí, también cuando la venta billetes barco Ons empieza a moverse como marea viva, señal inequívoca de que tocará madrugar para atrapar la cubierta que todos codician. Quien lo ha vivido sabe que no hay algoritmo que reemplace el latido de una bocina anunciando salida, pero conviene hacerse un favor: llegar con los deberes hechos, sin improvisaciones que añadan drama a la sal.

Primero, la elección del destino: los mapas marinos se leen con el corazón y el calendario. Si buscas silencio de postal con acantilados, calas y ese azul que te quita dos tonos de preocupación, el Atlántico gallego se defiende con su encanto sobrio; para caminantes y amantes del pulpo bien tratado, ese pequeño Edén frente a la ría guarda sendas de pino y playas que hacen olvidar los relojes. Si lo tuyo es el Mediterráneo con ritmos pausados, aguas mansas y tarde larga, piensa en islas bajas, fondos de posidonia y chiringuitos que cierran cuando cae la guitarra. El criterio real es el de la historia que quieres contar a la vuelta: ¿foto de roca salvaje o de sombrero de paja? Ajusta el destino en función del viento que te pida el ánimo.

Después, el barco. Hay quien piensa que todos los ferris son iguales hasta que sube a uno con cubierta abierta y descubre que la brisa es el mejor asiento premium. Los rápidos prometen tiempo ganado; los de casco tradicional, paseo contemplativo. Si vas a una isla con cupos de acceso, presta atención a los horarios de ida y vuelta y a las franjas de mayor demanda; un viaje de ida perfecto puede estropearse por una vuelta imposible. Quienes buscan algo más íntimo se suben a semirrígidas o veleros, pero no olvides que el romanticismo tiene su curva de aprendizaje: preguntar a la tripulación por marejada, previsión y recomendaciones no es postureo, es periodismo de supervivencia. Y si te ofrecen cubierta superior cuando el viento sopla norte, recuerda que el héroe vuelve a casa despeinado, no enfermo.

La reserva marca la diferencia entre sonreír al viento o quedarte en tierra con cara de película muda. Hay ventanas horarias con demanda feroz: fines de semana, puentes, festivos locales y, sí, cuando los pronósticos anuncian sol y 22 grados todo el día. Moverse en días intermedios suele abaratar y despejar, y a veces el primer turno de la mañana regala mar de espejo y playa vacía. Revisa políticas de cambios y cancelación —el clima manda más que el influencer de moda— y guarda el billete en formato digital y físico por si la cobertura decide quedarse en el chiringuito. Un truco de veterano: no subestimes la vuelta; reservarla antes de zarpar es menos épico que negociar asiento con la toalla al hombro.

Equipaje, ese eterno malentendido. El mar premia la ligereza: mochila blanda, chubasquero que no cruje como bolsa de supermercado, sudadera que abriga sin pesadumbre y calzado que no resbale cuando el barco haga su pequeño baile. Protección solar, sí, incluso con nubes, y gorra que no salga volando a la primera ráfaga. Una funda estanca para el móvil evita biografías cortas de dispositivos y una bolsa para basura propia te convierte en aliado del paisaje. Meter snacks suena sensato, pero el territorio dicta la gastronomía: consulta horarios de bares locales para no convertir un día de mar en un ayuno involuntario. Y, aunque todo parezca pagarse con tarjeta, una pequeña reserva de efectivo aún abre puertas en islas con encanto y datáfonos caprichosos.

El día de navegación empieza antes del embarque. Llegar con margen evita carreras de película mala y deja tiempo para hacer lo que nadie hace: leer el mar. Si asoma bruma, calcula que el calor estará en el bolsillo del día, no en la foto de la mañana. Si hay marejada corta, evitar comer pesado antes del trayecto es un pacto de caballeros con tu estómago. Para los susceptibles, jengibre, mirada en el horizonte y conversación ligera funcionan mejor que obsesionarse con el vaivén. Y si te dejan elegir asiento, piensa como un reportero: lado de sombra, campo visual abierto, distancia razonable a motores y, siempre que se pueda, cubierta para oler la travesía, no solo verla.

En destino, el tiempo corre con otra gramática. No intentes hacerlo todo; la prisa en una isla es como un paraguas abierto en el salón. Prefiere un buen paseo entre pinos y arena, una cala con nombre impronunciable y un baño sin reloj a un álbum de fotos acumuladas sin memoria. Si hay senderos señalizados, síguelos aunque la intuición te diga que eres brújula humana; los ecosistemas costeros se protegen con pasos prudentes y mochilas discretas. Y cuando lances la toalla, piensa en el viento: nada humilla más que perseguirla en carrera absurda bajo la mirada de una gaviota con complejo de árbitro.

La sostenibilidad no es discurso, es coreografía de gestos mínimos. El plástico que llevas vuelve contigo, las colillas no son conchas y el protector solar mejor si respeta la vida marina. Anclar solo donde se permite evita daños invisibles que tardan años en curarse, y el silencio a ciertas horas hace que la fauna se quede donde debe: en su casa, no en tu selfie. Comer local sostiene economías que llevan generaciones mirando al horizonte; preguntar por la especialidad del día es periodismo aplicado a la felicidad. Y si la isla limita aforos, no es capricho: es la forma de que el paisaje siga siendo paisaje cuando regreses.

El regreso también se planea con cabeza y un punto de romanticismo controlado. El último barco del día es tentador para exprimir hasta la última ola, pero con mar cambiante puede convertirse en deporte de riesgo emocional. Hacer una pausa antes de embarcar, brindar con algo fresco y anotar en una libreta dos o tres momentos que quieras recordar funciona mejor que cien stories. Quien viaja por mar aprende rápido que los mejores recuerdos no se improvisan: se cultivan con horarios razonables, previsión amable y ese humor ligero que acepta el salitre en el pelo como medalla, no como peaje. Y cuando el casco empuje la proa de vuelta a puerto, entenderás por qué a veces basta un billete, un buen plan y la voluntad de dejar que el azar sople un poco a favor.

Flor y nata turística: los mejores destinos del mundo en su categoría

Todo el turismo global se apoya en una reducida red de destinos que movilizan a millones de personas al año por su valor histórico, cultural o ecológico. Un vistazo a las ‘mecas’ particulares de cada país revela tópicos como el Louvre y el Coliseo romano, pero también alguna que otra sorpresa. Por un lado, es previsible que las costas de Hawaii, Yucatán o Mauricio alberguen la mejor playa del mundo, pero la realidad es que este honor corresponde a las Islas Cíes, en Galicia.

Con su kilómetro y medio de largo, Rodas conecta dos de las tres islas de este archipiélago atlántico. Algo en sus aguas cristalinas y en el exotismo de su entorno natural debe ser diferente al resto porque esta playa fue elegida como la más bella a nivel internacional por el diario The Guardian. Otros rankings mundiales han reconocido su valor, como el ‘The World’s 50 Best Beaches’.

Aunque la Plaza Roja en Moscú o la Piazza del Campo en Siena congreguen a cantidades masivas de turistas, Times Square presume de ser la plaza más famosa y emblemática. Se trata del epicentro del Theater District de Nueva York, inconfundible por los numerosos carteles y anuncios que la iluminan de noche, convirtiéndola en uno de los enclaves más fotogénicos de EE.UU.

En el interior del palacio parisino del Louvre, el museo de nombre homónimo alberga una de las mayores colecciones de arte de Europa. Sus vitrinas son el hogar de tesoros del mundo antiguo como la Gran Esfinge de Tanis o La Gioconda de Leonardo da Vinci.

El Coliseo o Anfiteatro Flavio es en sí una reliquia del pasado, y su exploración sigue cautivando a las nuevas generaciones de viajeros que recorren la capital italiana.

A medio camino entre Canadá y Estados Unidos, las cataratas del Niágara compiten con el Gran Cañón de Yellowstone, la Gran Barrera de Coral en Australia o el Parque Nacional Serengueti en Tanzania. Este destino natural cuenta con tres caídas que suman un descenso de más de cincuenta metros.

La llamada del verde: mi próximo destino es Galicia

Hay un término en gallego, «morriña», que nunca he logrado traducir del todo bien. Es más que nostalgia; es una añoranza profunda, casi física, por una tierra. Y hoy, en este lunes de octubre, con el otoño ya instalado en el aire aquí en Vigo, siento esa llamada con una fuerza arrolladora. Mi próximo viaje no puede ser a otro lugar. Mi destino tiene que ser, una vez más, Galicia.

No es una decisión lógica, de esas que se toman comparando guías de viaje o buscando el destino de moda en redes sociales. Es una necesidad del alma. Siento el anhelo de conducir por carreteras secundarias sin un rumbo fijo, con las ventanillas bajadas para que se cuele ese olor inconfundible a salitre y eucalipto. Anhelo el momento de aparcar el coche junto a una playa desierta de la Costa da Morte, con el único sonido del Atlántico rompiendo contra las rocas y el graznido de las gaviotas.

Pienso en volver a perderme por los bosques de la Ribeira Sacra, donde el tiempo parece detenerse entre viñedos heroicos y monasterios de piedra milenaria. Quiero sentir el frío de la mañana en los cañones del Sil y calentarme después con un vino mencía y un plato de pulpo á feira en alguna taberna de aldea. Es un turismo sin prisas, que se saborea a fuego lento, como su gastronomía.

Galicia te obliga a reconectar. Te aleja del ruido del mundo y te acerca al susurro de las leyendas, al murmullo del agua y al sabor de lo auténtico. Pienso en una cena en Combarro, con los hórreos casi tocando el mar; en un paseo al atardecer por el casco antiguo de Santiago, cuando la piedra mojada refleja las luces y suena una gaita a lo lejos. Son esas imágenes, esos pequeños momentos, los que se quedan grabados en la memoria y alimentan esta morriña.

Quizás este otoño sea el momento perfecto. Ver los bosques teñirse de ocres y amarillos, buscar setas por la mañana y castañas por la tarde. Huir de las multitudes del verano y encontrar la verdadera esencia de esta tierra mágica. Sí, la decisión está tomada. No necesito mirar más mapas ni buscar otros vuelos. Mi brújula interior lleva tiempo apuntando hacia el noroeste. Mi viaje es destino Galicia.

El Legado Olvidado: La Huella de la Cultura Castreña en las Islas Cíes

Cuando un visitante desembarca en las Islas Cíes, es fácil quedar abrumado por una belleza natural casi irreal: la arena blanca y fina de Rodas, las aguas de un color turquesa intenso y los imponentes acantilados del lado oeste. Sin embargo, bajo este paraíso natural yace un legado histórico profundo y a menudo desconocido, una huella humana que se remonta a la Edad del Hierro. Es la herencia de la influencia celta en las Islas Cíes, que encontró en este archipiélago un hogar fortificado frente al Atlántico.

La evidencia más significativa de esta ocupación se encuentra en las laderas del Monte Faro: el Castro das Hortas. Este asentamiento, que data de entre los siglos VI a.C. y I d.C., era un poblado fortificado típico de la Galicia prerromana. Sus habitantes no eligieron este lugar por casualidad. Desde su posición elevada, dominaban la entrada de la ría de Vigo, lo que les proporcionaba una defensa natural y un control estratégico sobre las rutas de navegación. La vida en el castro estaba íntimamente ligada a los recursos que les ofrecía el entorno. Eran un pueblo marinero, cuya subsistencia dependía de la pesca y, sobre todo, del marisqueo, como demuestran los abundantes restos de conchas encontrados en las excavaciones.

Los hallazgos arqueológicos, aunque modestos, han permitido reconstruir fragmentos de su día a día. Se han recuperado piezas de cerámica hecha a mano y restos de herramientas que nos hablan de una comunidad autosuficiente y resiliente, adaptada a las duras condiciones de la vida insular. No eran celtas en el sentido continental del término, sino parte de una cultura atlántica con sus propias particularidades, que compartía un modo de vida y una cosmovisión con otros poblados de la costa gallega.

Posteriormente, los romanos rebautizaron las islas como Siccae (las islas áridas), pero la herencia de sus primeros pobladores perdura. Hoy, pasear por Cíes es más que una experiencia natural; es caminar sobre las huellas de una antigua comunidad. Imaginar las cabañas circulares de piedra del castro oteando el horizonte añade una capa de misterio y profundidad al paisaje. Este legado castreño nos recuerda que, mucho antes de ser un destino turístico, las Cíes fueron una fortaleza y un hogar, un testimonio silencioso de la ancestral simbiosis entre el ser humano y el mar en el fin del mundo conocido.

Sanxenxo, tu base para las vacaciones

¿Buscas el mejor lugar de las Rías Baixas para establecerte en tus vacaciones y usarlo como base para ir a los sitios más turísticos? Sanxenxo es exactamente lo que estás buscando. No en vano es uno de los espacios más demandados, ya que ofrece prácticamente todo lo que un turista puede desear: hoteles de todas las características, campings, apartamentos e incluso viviendas completas para alquilar en vacaciones. Está cerca de los lugares más turísticos, como A Toxa, A Lanzada, Pontevedra o Cambados. Puedes ir a isla de ons desde sanxenxo e incluso puedes apuntarte a todo tipo de actividades para realizar en el mar, como cursos de navegación, de surf o de buceo.

En fin, que no hay prácticamente nada que puedas echar de menos, además de tener playas maravillosas en el mismo lugar y contar con unos paisajes de ensueño. Puedes realizar excursiones de lo más variado, como las que se llevan a cabo a las bodegas donde se elaboran los vinos de Rías Baixas con denominación de origen. No olvides preguntar por las que incluyen cata. O vivir la experiencia de los furanchos, que son algo así como locales de tapas, pero situados en viviendas particulares y que tienen una curiosa historia detrás. 

Si lo que buscas son restaurantes, puedes encontrar desde las marisquerías más exclusivas hasta sitios en los que tomarse las tapas tradicionales a precios muy competitivos. Siempre teniendo en cuenta que vas a estar en una de las zonas más exclusivas de Galicia y, por tanto, también en una de las más caras para todo.

Los paseos en barco son una de las atracciones más deseadas por los turistas, por ejemplo, alquilando un velero con su capitán para que nos lleve a dar un largo paseo por la zona. Estos alquileres tienen modalidades muy diferentes que puedes preguntar para contratar la que mejor se vaya a adaptar a lo que estás buscando o a tu presupuesto.

Y, por supuesto, el ambiente no decae al llegar la noche, con sitios en los cuales podrás cenar, tomar copas o bailar hasta prácticamente el amanecer. Eso si no prefieres algo más típico y desplazarte a alguno de los pueblos cercanos en el cual se celebre una verbena con las mejores orquestas del panorama nacional. Descubrirás que sus espectáculos no tienen nada que envidiar a los de muchos artistas de primera línea.

Pasaje a Cíes desde Portonovo

Las Islas Cíes llevaban tiempo en mi lista de deseos pendientes. Las fotos de la playa de Rodas, la promesa de senderos con vistas espectaculares y la idea de pasar un día en pleno Parque Nacional eran una llamada irresistible. Este año, finalmente, he decidido organizar la visita. Como pasaré unos días por las Rías Baixas y me alojaré cerca de Sanxenxo, he pensado que tomar el ferry desde el puerto de Portonovo sería la opción más práctica y cómoda para mí. Así que el siguiente paso lógico era averiguar exactamente dónde y cómo podía comprar los billetes para Cíes saliendo desde ese punto.

Lo primero y más crucial que tuve en cuenta, algo que cualquiera que planee visitar Cíes (o cualquier isla del Parque Nacional) debe saber, es que no basta con comprar un billete de barco. El acceso está regulado por la Xunta de Galicia para proteger el entorno, y existe un cupo diario de visitantes. Por lo tanto, antes de hacer nada más, es imprescindible obtener una autorización de visita. Esto se hace online, a través de la web oficial autorizacionillasatlanticas.xunta.gal. Allí tuve que seleccionar «Illas Cíes», elegir la fecha de mi visita y el número de personas. Recomiendo hacer esto con mucha antelación, especialmente si se planea ir en verano, Semana Santa o fines de semana, ya que las plazas se agotan muy rápido. Una vez completado el proceso y confirmada la disponibilidad, obtuve un código de autorización (o pre-reserva). Este código es la llave para poder comprar el billete de la naviera.

Con mi código de autorización ya asegurado, el siguiente paso fue buscar qué compañías navieras (navieras) operan la ruta desde Portonovo hasta las Cíes. Generalmente, empresas como Naviera Mar de Ons o Piratas de Nabia suelen ofrecer este servicio durante la temporada alta. La forma más recomendable y segura de comprar los billetes es a través de las páginas web oficiales de estas navieras. En sus sitios web pude consultar los horarios específicos de salida desde Portonovo y regreso desde Cíes, elegir los que mejor se ajustaban a mi día autorizado, introducir mis datos y, en el paso correspondiente, introducir el código de autorización de la Xunta. Sin ese código validado, la compra no puede finalizarse. Tras completar el pago online, recibí los billetes electrónicos en mi correo, listos para imprimir o llevar en el móvil.

¿Existen otras opciones? Sí, es posible que en temporada alta haya alguna taquilla física de las navieras en el propio puerto de Portonovo donde se puedan comprar billetes. Sin embargo, no recomiendo depender de esta opción. Primero, porque igualmente necesitarás haber obtenido la autorización de la Xunta previamente por tu cuenta. Segundo, porque corres un riesgo muy alto de que los horarios que te interesan, o incluso todas las plazas para ese día, ya estén agotados, especialmente en Cíes. La compra online anticipada te garantiza tu plaza. Algunas agencias de viaje locales también podrían ofrecerlos, pero lo más directo y seguro es la web de la naviera.

En resumen, el proceso para comprar billetes islas cíes desde Portonovo es claro: primero, conseguir la autorización en la web de la Xunta con la mayor antelación posible; segundo, usar el código obtenido para comprar los billetes de barco online en la web de la naviera elegida. Una vez completados estos dos pasos, ya puedes respirar tranquilo y empezar a soñar con las aguas turquesas y la arena blanca de Cíes, sabiendo que tu pasaje desde Portonovo está asegurado.

Mis Amigos Quieren Viajar por Todos los Pueblos de Pontevedra: Una Aventura Gallega por Descubrir

Pontevedra es una de las provincias más encantadoras de Galicia, conocida por su rica historia, su impresionante paisaje natural y la hospitalidad de su gente. Recientemente, un grupo de mis amigos y yo hemos decidido emprender una aventura única: viajar por todos los pueblos de Pontevedra. La idea comenzó como una simple curiosidad por conocer más a fondo nuestra región, pero pronto se convirtió en un reto emocionante para explorar sus rincones más ocultos y disfrutar de cada uno de sus pueblos.

¿Por qué elegir Pontevedra?

Pontevedra es una provincia que tiene algo para todos. Desde las hermosas playas de la Costa da Vela hasta los tranquilos pueblos del interior, cada lugar tiene su propio encanto. Además, la cercanía entre los pueblos facilita su exploración, lo que permite a los viajeros disfrutar de una gran variedad de paisajes, monumentos históricos y tradiciones locales sin tener que recorrer grandes distancias.

Nuestros planes son simples pero llenos de ilusión: visitar un pueblo cada fin de semana, descubrir sus particularidades, conocer su gastronomía y, por supuesto, disfrutar de la calidez de su gente. Con cada visita, aprendemos un poco más sobre la cultura gallega, sobre cómo viven sus habitantes y sobre la increíble diversidad de esta provincia.

Los pueblos que queremos conocer

Desde el pintoresco Combarro, famoso por sus hórreos y su arquitectura tradicional, hasta la histórica ciudad de Pontevedra, con su casco antiguo lleno de encanto, cada pueblo tiene algo que ofrecer. En nuestros planes están también localidades como Marín, con su puerto y sus vistas al mar, o A Cañiza, conocida por su cercanía a la naturaleza y su ambiente relajado. Cada pueblo tiene su propio ritmo, sus fiestas tradicionales y una historia que contar, lo que hace que cada visita sea única.

La diversión de viajar en grupo

Viajar con amigos siempre es una experiencia enriquecedora, y en este caso, es aún más especial porque estamos redescubriendo nuestra propia tierra. Cada vez que llegamos a un nuevo pueblo, nos sorprende algo distinto: la gente amable, los rincones escondidos o los paisajes impresionantes que se abren ante nosotros. Nos reímos, compartimos historias y, sobre todo, disfrutamos del viaje y de la oportunidad de vivir juntos cada nueva experiencia.

Viajar por todos los pueblos de Pontevedra con mis amigos está siendo una de las mejores decisiones que hemos tomado. Cada visita nos enseña algo nuevo sobre la región, su cultura y sus tradiciones. Y lo más importante: nos permite crear recuerdos juntos, disfrutar de la belleza gallega y conocer más a fondo un lugar que, aunque muchos de nosotros hemos visitado en alguna ocasión, nunca habíamos explorado en profundidad. Sin duda, esta aventura se está convirtiendo en un viaje que nunca olvidaremos.

¿Qué playas españolas están en el punto de mira del turismo internacional?

El turismo litoral alcanza su máxima expresión en los países de la Cuenca del Mediterráneo y reconoce en España una meca para el viajero internacional. En particular, la playa Rodas ha ganado una inmensa popularidad después de que The Guardian la calificara como la «mejor playa del mundo». Su pertenencia a las Islas Cíes, en Galicia, es motivo suficiente para dar una oportunidad a sus arenas blancas, envueltas en un paisaje de dunas y pinares.

El concejo asturiano de Llanes acoge otra playa muy valorada por el turismo mundial: Poo. Con apenas un centenar de metros de ancho y de largo, este destino atrae por la serenidad de sus aguas, enteramente resguardadas del oleaje. Se sitúa en la desembocadura del Río Vallina y está considerada como una de las mejores playas españolas, según la revista Condé Nast Traveller.

La de Matalascañas, en Huelva, sorprende por su longitud kilométrica y la cantidad de horas de sol que recibe (no en vano pertenece a la llamada Costa de la Luz). Conserva un vestigio de la Torre de la Higuera, derribada por el maremoto de Lisboa, que forma parte de su identidad desde el siglo dieciocho.

De vuelta al litoral gallego, el municipio de Ribadeo dispone de otro de los arenales más afamados: la playa de Las Catedrales. Debe su nombre a las formaciones geológicas, semejantes a arcos o arbotantes, que recorren sus orillas, generando cuevas y grutas durante la marea baja.

La Cala d’Aiguablava, en el municipio catalán de Bagur, está rodeada de pinares y acantilados, que guarecen indirectamente sus aguas de color turquesa. Su escasa longitud, de cien metros, aumentan el encanto y la sensación de calidez de este rincón de la Costa Brava.

En Murcia, la ciudad de Águilas alberga uno de los arenales más turísticos del territorio, La Carolina. Forma parte del paraje conocido como «Cuatro Calas», junto a Cocedores, Calarreona y La Higuerica.

Verano en la Isla de Ons: Un Paraíso Natural en la Costa Gallega

Pasar el verano en la Isla de Ons es una experiencia que todo amante de la naturaleza y la tranquilidad debería vivir al menos una vez en la vida. Situada en el corazón del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas de Galicia, Ons es un destino que combina la belleza natural con una rica biodiversidad, ofreciendo un refugio ideal para quienes buscan escapar del bullicio de la vida cotidiana.

Una de las primeras cosas que impacta al llegar a la isla es su impresionante paisaje. La combinación de acantilados escarpados, playas de arena blanca y aguas cristalinas crea un entorno idílico que invita a la exploración. Las playas más conocidas, como la Playa de la Mica, son perfectas para tomar el sol, nadar o simplemente relajarse con el sonido de las olas. Además, el clima durante el verano suele ser agradable, lo que favorece las actividades al aire libre y los momentos de descanso bajo el sol.

Para los amantes del senderismo, Ons ofrece una serie de rutas que permiten explorar la isla en profundidad. Los senderos están bien marcados y son accesibles para todos los niveles, lo que facilita disfrutar de panorámicas espectaculares y de la rica flora y fauna del lugar. Desde aves marinas hasta plantas autóctonas, cada paseo se convierte en una oportunidad para conectar con la naturaleza y disfrutar de la biodiversidad que caracteriza a esta isla.

La gastronomía de Ons es otro de sus grandes atractivos. Durante el verano, los restaurantes locales ofrecen una variedad de platos típicos que destacan el marisco fresco y otros productos del mar. Probar la famosa empanada de atún o saborear un delicioso pulpo a la gallega, acompañado de un buen vino albariño, es una experiencia que deleitará a los visitantes. Además, muchas de estas opciones se pueden disfrutar en terrazas al aire libre, con vistas al mar y la brisa marina como telón de fondo.

La Isla de Ons también es un lugar ideal para desconectar y disfrutar de la paz que brinda su entorno. Al caer la tarde, los atardeceres son un espectáculo único que deja sin aliento a quienes tienen la suerte de presenciarlos. La luz dorada del sol que se oculta en el horizonte se refleja en las aguas, creando una atmósfera mágica que invita a la reflexión y a disfrutar del momento.

Pasar el verano en la Isla de Ons es una experiencia enriquecedora que combina naturaleza, aventura y relax. Ya sea disfrutando de sus playas, explorando sus senderos o deleitándose con su gastronomía, la isla se convierte en un lugar perfecto para crear recuerdos inolvidables. Así que, si este verano estás buscando un destino que ofrezca una escapada perfecta del ajetreo diario, no dudes en considerar la hermosa Isla de Ons. La naturaleza y la tranquilidad te esperan en este pequeño paraíso gallego.