El Legado Olvidado: La Huella de la Cultura Castreña en las Islas Cíes

Cuando un visitante desembarca en las Islas Cíes, es fácil quedar abrumado por una belleza natural casi irreal: la arena blanca y fina de Rodas, las aguas de un color turquesa intenso y los imponentes acantilados del lado oeste. Sin embargo, bajo este paraíso natural yace un legado histórico profundo y a menudo desconocido, una huella humana que se remonta a la Edad del Hierro. Es la herencia de la influencia celta en las Islas Cíes, que encontró en este archipiélago un hogar fortificado frente al Atlántico.

La evidencia más significativa de esta ocupación se encuentra en las laderas del Monte Faro: el Castro das Hortas. Este asentamiento, que data de entre los siglos VI a.C. y I d.C., era un poblado fortificado típico de la Galicia prerromana. Sus habitantes no eligieron este lugar por casualidad. Desde su posición elevada, dominaban la entrada de la ría de Vigo, lo que les proporcionaba una defensa natural y un control estratégico sobre las rutas de navegación. La vida en el castro estaba íntimamente ligada a los recursos que les ofrecía el entorno. Eran un pueblo marinero, cuya subsistencia dependía de la pesca y, sobre todo, del marisqueo, como demuestran los abundantes restos de conchas encontrados en las excavaciones.

Los hallazgos arqueológicos, aunque modestos, han permitido reconstruir fragmentos de su día a día. Se han recuperado piezas de cerámica hecha a mano y restos de herramientas que nos hablan de una comunidad autosuficiente y resiliente, adaptada a las duras condiciones de la vida insular. No eran celtas en el sentido continental del término, sino parte de una cultura atlántica con sus propias particularidades, que compartía un modo de vida y una cosmovisión con otros poblados de la costa gallega.

Posteriormente, los romanos rebautizaron las islas como Siccae (las islas áridas), pero la herencia de sus primeros pobladores perdura. Hoy, pasear por Cíes es más que una experiencia natural; es caminar sobre las huellas de una antigua comunidad. Imaginar las cabañas circulares de piedra del castro oteando el horizonte añade una capa de misterio y profundidad al paisaje. Este legado castreño nos recuerda que, mucho antes de ser un destino turístico, las Cíes fueron una fortaleza y un hogar, un testimonio silencioso de la ancestral simbiosis entre el ser humano y el mar en el fin del mundo conocido.